EL NORTE Monterrey, México (27 diciembre 2009).- "¡Agáchense!".
Este grito aún resuena en la cabeza del joven Julio González Hernández desde la tarde del 4 de diciembre en que él, sus hermanos y su madre quedaron atrapados en un enfrentamiento entre militares y sicarios en el cruce de la Carretera a Reynosa y la calle Arturo B. de la Garza, en Juárez.
Sonia Hernández Ovalle, de 46 años, conducía rumbo a McAllen una camioneta acompañada por sus hijos Sergio, Julio y Jessica Anahí González, de 20, 17 y 12 años, respectivamente, para hacer compras para la Navidad.
De pronto, al ver pasar a toda velocidad a un convoy militar y escuchar los primeros tiros, provenientes de camionetas en las que iban los sicarios, la mujer dio el grito que el chico aún recuerda, ensombrecido, y que les salvó a él y a sus hermanos.
"¡Agáchense!".
Apenas Sonia empezó a rezar en voz alta, un tiro en la cara le arrebató la vida.
Aún se desconoce si el disparo provino de los sicarios o de los militares. Incluso, se dice que un taxista murió también al cruzar la zona, pero esto no ha sido confirmado por la autoridad.
En tanto, en la refriega Jessica fue herida en la cabeza, pese a estar cubierta por Julio.
"Yo me corté aquí y me cayeron esquirlas en esta parte", dijo el hijo más chico y señaló su mano y brazo izquierdos.
El joven aguardaba hace unos días en la sala de espera del Hospital de Zona para recibir noticias sobre su hermana. En el mar de gente, escuchaba a través de audífonos música de su iPod.
"Ya se empieza a mover sola", dijo tímido con una media sonrisa el joven, alto, delgado y de cabello negro ensortijado, mientras apagaba resignado su reproductor de música y se retiraba los audífonos.
Él no podía ingresar al área de terapia intensiva en el que se encontraba Jessica, por ser menor de edad.
"Pero, así está mejor", musitó, lacónico. "Me puede mucho verla así... Esto ha sido difícil".
Dijo que él y su padre se encuentran bien anímicamente. Pero, con el iPod en sus manos, mirando a todas partes como buscando algo esa mañana en aquella sala de espera llena de gente, Julio carecía de la luz que podría tener cualquier chico de su edad en plena época vacacional y previo a la Navidad.
Así se veía Pedro Segura, padre de Blanca Segura Torres, de 28 años, quien fue herida en las piernas al quedar atrapado el taxi en que viajaba en ese cruce mortal del municipio de Juárez.
Por estar Blanca en recuperación en la Clínica 6 del IMSS, el jubilado de la refinería de PEMEX, de 74 años, cuidaba en su pequeño domicilio de Cadereyta a las hijas de aquélla y de Rogelio Sánchez del Toro, empleado de la escobera La Reynera.
Ellas son Blanca Berenice, de 9 años, y Melanie Monserrat, de 4.
"Pobrecita mi'ja, siempre tan esforzada para completar el gasto, se la pasaba haciendo comidas y vendiendo cosas", contó el hombre, entrecano, de grandes ojeras y piernas adoloridas por subir y bajar por años las mismas escaleras de la planta.
Como le pidieron en la escuela de las niñas 500 tamales para una posada, ella fue ese día a Juárez para surtirse.
"Se iba a llevar a las niñas, ¡figúrese!, qué bueno que no dejé que se las llevara... ¿Qué sería hoy?", se preguntó Pedro, viudo desde hace tres años, y se estremeció de sólo pensarlo.
Blanca tuvo suerte por partida doble pese al terrible suceso: por un lado, la bala hirió del tal manera sus piernas que sólo requirió una cirugía plástica sencilla.
Por el otro, le tocó un buen hombre por conductor del taxi, pues al verla repentinamente herida se bajó del auto, abrió la puerta trasera, ayudó a Blanca a salir y la alejó a toda prisa del tiroteo.
El héroe se llama Rosalío Ruiz y aún conduce su taxi, anónimo, por las calles de la ciudad que esa tarde se vio paralizada por las ráfagas y las llamas.
Apenas sacó del vehículo a Blanca, un hombre que aún se desconoce si era sicario o civil se metió a toda prisa al asiento del copiloto para cubrirse y allí mismo fue acribillado.
"Apenas la contó mi'ja, pobrecita", lamentó Pedro con los ojos enrojecidos.
Las nietas y unas amiguitas iban y venían en aquella casa modesta. Sentado en una silla, el jubilado se frotó las rodillas mientras les preguntaba qué andaban haciendo, a dónde iban.
"Ya uno queda intranquilo de saber que salen", afirmó siguiendo con la mirada a las niñas.
Dijo que los primeros días las menores estuvieron muy mortificadas por la salud de su madre, a quien no podían ver por lo que debían conformarse con llamadas por celular. Las niñas no creían que estuviera bien.
No fue sino hasta que los hermanos de Blanca la grabaron en video y reprodujeron su imagen en una computadora que gritaron de felicidad, libres al fin de la zozobra.
En el video se aprecia cómo desde la cama del hospital la mujer que salió viva de milagro les dijo que no se preocuparan; que no dejaran de comer y que se portaran bien con el abuelo.
Mientras se los decía, Blanca mostró en el video sus piernas y movió los dedos de sus pies para probarles que había ido y venido sin graves consecuencias del infierno.
Excepto por esa inquietud, reiteró Pedro; esa tensión que, aseguró, no se irá del todo y que comparten varios en Juárez.
Antes y después del enfrentamiento, contó un testigo, sicarios encañonaron a habitantes de este municipio para obligarlos a bajar de sus autos y huir a bordo.
"Ai' anda todavía una señora..., llore y llore todas las noches nomás del espanto que le pegaron".
Dijo que algunos negocios que cierran hasta tarde en Juárez lo hacen porque "ya se arreglaron con los mañosos".
Los que cierran temprano, añadió, lo hacen con el miedo de que les va a pasar algo terrible.
"Está cabr...", mencionó. "Por el mismo miedo sales de tu casa y sales volteando para todos lados, lo mismo al llegar.
"Si te pones a pensar, dices '¿cuándo se irá a acabar todo este pin.. ped...?'. Yo digo que esto no se va a acabar, esto apenas va a empezar. Quién sabe, a lo mejor dos o tres años pa'
delante".
Comentó que, pese al "escarmiento", como le llamó, todavía se ven filas de camionetas por las calles, hombres armados.
Los que amedrentan siempre.
"Ellos no se van".
El momento y el lugar equivocados
Sonia no es la única víctima inocente.
Del 2006 a la fecha, se tienen registradas alrededor de 20 personas fallecidas en medio de enfrentamientos con la delincuencia organizada.
Su "delito": estar en el momento y el lugar equivocados.
Es el caso del soldador Óscar Ledezma Olveda, de 24 años, quien el pasado 5 de septiembre cayó bajo una lluvia de balas al desatarse un combate en la Presa de la Boca entre los Zetas y el Ejército.
Cayó muerto al proteger a su sobrina Melissa, de 4 años, y a su hermana Karina, de 22.
Un amigo de ellos, José Francisco Cavazos, de 34 años, quien también las resguardó, recibió un balazo en el hombro.
Óscar, el héroe, y Sonia, la madre ultimada en Juárez, se unieron así a la lista de desenlaces por la fatal circunstancia.
Pero, ¿por qué ha de ser equivocado andar por la calle a cualquier hora?.
A decir de especialistas, haber perdido la calle ante actos de violencia como el suscitado en Juárez es lo último que le quedaba a la delincuencia por arrebatarle a la sociedad civil.
Entre los inocentes se pueden contar a Rodrigo Cruz Reyes, de 23 años, empleado de mantenimiento de tiendas 7-Eleven, quien el 26 de junio de este año fue asesinado por un grupo armado que ejecutó a Rogelio Garza Cantú "El Diablo", un abogado considerado el "Rey de los Table Dances".
En abril del 2008 fueron asesinados Amalia Elena Chapa Juárez, de 26 años, y Leonardo Hernández, de sólo 4 años, hermana y sobrino de Noé Saúl Chapa Juárez "El Nova", su ejecutor.
El 2007 fue uno de los peores años en cuanto a civiles inocentes muertos por balas de enfrentamientos. El 15 de febrero José Arturo Gudiño Villarreal, de 24 años, fue acribillado al ser confundido con Fernando Garza García "La Pechuga" en un lote de autos; el 14 de marzo, Juana Griselda Sánchez, de 30 años; el guardia Fernando Rodríguez, de 44, y la cliente Ignacia Pérez Barrientos, de 37, murieron en una joyería de la Calzada Madero al ser ejecutado un policía de San Pedro.
Las imágenes de la ejecución eran dantescas.
Dos meses después, Silvestre Rodríguez Muro, intendente con retraso mental de la Policía de San Pedro, murió tras recibir dos balazos cuando dispararon a la corporación.
Durante el 2006 se dio el asesinato en un depósito del empleado Juan Pablo Segundo Pardo, de 22 años. Meses más tarde, Irma López Macías fue acribillada cuando viajaba en el autobús que la transportaba a la maquiladora en la que laboraba.
Ese año, cuatro guardias del bar El Punto fueron abatidos con granadas y a tiros. En el ataque hubo además 25 heridos.
Estas bajas han provocado que las vidas de gente común lleguen de súbito a los titulares cobrando una trágica notoriedad y dejando huérfanos a sus hijos, solas a sus parejas, devastados a sus padres.
Si no que lo diga Javier Alejandro Cantú González, quien vive en un estado de nervios constante.
Él y su familia estuvieron en el incidente de Juárez del 4 de diciembre.
De 41 años, dueño de una vulcanizadora en Cadereyta que lleva por nombre el apodo que le pusieron por haber sido sietemesino: "El Tierno", fue de los primeros en pasar por la arteria fatal al iniciar el enfrentamiento entre sicarios y militares.
En el asiento de atrás de la camioneta que él conducía iban sus hijos Javier y Alejandra, de 8 y 13 años, en tanto en el asiento del copiloto iban su esposa Ana María Alejandro, de 37 años, quien llevaba en brazos su hijo David Sebastián, de 4.
El ruido de las ráfagas atolondró tanto al hombre que intentó encender la camioneta en varias ocasiones siendo que ya estaba encendida.
"De pronto, sentí un choque, no sé, a lo mejor fue el de la camioneta de la señora que mataron (Sonia), la cosa es que el golpe aventó mi camioneta y, en automático, metí tercera y pude arrancar".
Javier condujo a toda velocidad queriendo alejarse de la zona cuando vio que su esposa tenía sangre en el regazo y pensó que estaba herida.
Sin embargo, quien lo estaba era el pequeño David. Una bala había entrado y salido por su pierna.
"No tienes una idea, me quise morir", dijo afuera de su vulcanizadora mientras se frotaba las manos.
El paso de una calibre .220 hirió el muslo de David, así como una parte de su cadera, por lo que su padre condujo de inmediato a una clínica.
"Yo no quería voltear, no veía nada, ni retrovisores, nada. Sólo para adelante, rápido", recordó.
Afortunadamente, el pequeño se recuperó y hoy descansa en casa.
Sin embargo, dado que las lluvia de balas ocurren en cualquier lugar y en cualquier momento, tal parece que hoy en día es más peligroso ser inocente.